Los niños aprenden de lo que ven

Así, categóricamente

¿Cuántas veces hemos escuchado esa afirmación? Flota en la superficie de la sabiduría popular, se oye entre los murmullos de las colas del supermercado, está tatuado en las tapas de los libros sobre educación parental para futuros papás, también lo dicen los psicólogos, los antropólogos y si me apuras hasta los curas…

Sin embargo la problemática no es tan clara en algunas ocasiones, y aunque se dice que “de tal palo, tal astilla” todos hemos visto a niños que gritan o insultan a sus padres mientras los padres parecen cultos y educados; niños que llevan por bandera la mentira o que no pueden ni acercarse a un libro; adolescentes abusadores o adictos a las modas, las drogas y un largo eccétera de ejemplos que poco o nada tienen que ver con las características personales de sus progenitores.

Entonces ¿Qué estamos haciendo mal?

Lo resumiré en tres axiomas:

  • El aprendizaje vicario existe
  • Todos somos personas
  • Dónde está el vínculo

El aprendizaje vicario es lo que comúnmente llamamos aprendizaje por observación y es mucho más que la imitación. Consiste en observar la conducta de los demás Y las consecuencias que para esas personas tiene aquello que hacen. El inconveniente de esto es que no sabemos si la consecuencia de nuestros actos les parecerá buena o mala a los niños, apetecible o aborrecible. Además de esto, nadie sabe lo que nuestros hijos observan, lo que les llama la atención y lo que realmente se les queda impregnado en la memoria. Será el carácter de cada niño lo que determinará qué observa, qué retiene, qué repite y cuándo lo repite. Y ese carácter viene determinado genéticamente, está guardado en secreto dentro de cada célula de nuestro bebé y absolutamente nadie va a explicárnoslo.

Además de este misterio, tenemos que añadirle que todos somos personas, es decir, el equivalente a seres llenos de miedos, traumas, sueños, fracasos y victorias que se reflejan en todos y cada uno de nuestros actos durante las 24 horas del día. Cada una de nuestras conductas es un fiel espejo de quienes somos y no del padre o la madre ideal que tenemos en nuestra mente y queremos proyectarle a esos retoños recién brotados al mundo.

Escucho multitud de conversaciones de madres y padres en los parques, en la puerta del colegio, etc., hablando de lo que ellos hacen o no hacen con sus hijos, los castigos, los refuerzos… todo eso está muy bien, yo soy la primera que evalúo detenidamente los sistemas de refuerzo y castigo de las familias, es un sistema aséptico que si se plantea correctamente es válido para todo el mundo. Una receta estándar.

Pero si realmente queremos educar a hijos únicos, genuinos y felices tendremos que ser personas únicas, genuinas y sobre todo FELICES.

Tendríamos que trabajar nuestros miedos y nuestros demonios, eliminar la ansiedad de nuestras vidas, aprender a pensar de forma positiva, aumentar nuestros niveles de sinceridad, honestidad y altruismo, ser generosos… En definitiva, CRECER nosotros a la par que crecen ellos.

Sin embargo, hay algo que no debemos pasar por alto y es que cada persona que pasa por la vida de los niños puede ser un ejemplo para ellos, un ejemplo con sus miedos y frustraciones, con sus éxitos y con sus virtudes. Y esto es un hecho incontrolable que debemos aceptar y no temer. Hay algo que podemos hacer.

La diferencia la marcará el vínculo. Es muy fácil de comprender: serán un ejemplo para nosotros las personas que nos valoren y nos apoyen, con las que podamos sentirnos seguros, ser sinceros y mostrarnos tal como somos. Por tanto, si creamos un vínculo emocional adecuado con los niños, ellos se fijarán en lo que hacemos y cómo lo hacemos. Si el vínculo es fuerte entonces podremos estar tranquilos, recibirán nuestro paquete.

Que el paquete esté más lleno de negatividades y miedos o de gozo y alegría depende de nosotros. Al final ninguna receta será válida para todos, pero lo que sí es cierto es que una familia en calma y con lazos emocionales fuertes verá multiplicadas sus probabilidades de albergar hijos equilibrados y capacitados para enfrentarse por sí mismos al reto de la vida.

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